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DIOS ENTIENDE
por José Mantero

La Vinyeta y el Guirigai

Acabo de hacer una de las cosas más agradables –incluso divertidas- que puede uno hacer en su vida: participar en “El Guirigai”, dentro del programa “La vinyeta”, de Ona fm, una radio con lo que hay que tener: aquél sentido común, propio de audaces y de santos, que conduce a relativizar (bien distinto de frivolizar) todo, sencillamente porque todo es susceptible de ser relativizado, ya que nada -¡nada!- está escrito por más pluma que la puesta, caiga quien caiga y dígalo quien lo diga.
Buen rollito con Luismi, Elisenda y Xavier (de sugerente y chorreado apellido). Aquel buen rollito que, inevitablemente, conduce a hablar de cosas serias, de lo que verdaderamente importa (como diría el pobre Mariano). Y lo hicimos (quiero decir: hablamos). El arroyo de la conversación desenfadada nos lleva al río de la charla sobre las relaciones de las iglesias con el mundo LGBT.
¿Está la cosa, en el día de hoy, mejor que hace siete años? Sinceramente, creo que no; es más, va a peor. En el atlas histórico que sintetiza y tipifica las relaciones entre las iglesias y el colectivo LGBT hay que marcar un antes y un después de ese personaje, entre el psicodrama y el vaudevil, que es el actual Papa de Roma. Efectivamente, hasta la era Ratzinger, el CIC (Catecismo de la Iglesia Católica) no consideraba pecado ser gay, aunque sí los actos homosexuales. A partir del aciago y ominoso día en que Ratzinger se convirtió en Benito XVI, la cosa cambió: estamos a telediario y medio de que ser gay sea pecado, amar sea pecado, respirar sea pecado. Fíjense, si no, en las actuales condiciones que la iglesia católica impone para que alguien entre en un seminario, de las cuáles una de las primeras es no ser homosexual. O abjurar de la propia orientación sexual, dado que gays y lesbianas van a continuar entrando –en B- en seminarios y conventos, accediendo al sacerdocio, profesión religiosa, episcopado y, válgame Dior, al papado. A la vista está.
Esta es la que está cayendo: en una sociedad que evoluciona sensata y positivamente hacia la normalización de algo tan natural como la orientación sexual gay, la iglesia católica se erige en escollo, rémora y freno de este indubitable e imparable proceso. Digo “iglesia” y no “jerarquía”, porque semejante distinción pinta de todo punto artificial en esta organización piramidal: si existen pretendidas bases que piensan y actúan de otro modo (escoradas hacia lo gayfriendly), no tienen ni el eco ni los arrestos necesarios para que su voz se oiga o su gesto sea eficaz a fin de confeccionar algo distinto, esto es, para edificar y no frenar la construcción de una sociedad libre, igualitaria y fraterna, cimentada sobre bases fuertes, pensada con sabiduría y bellamente terminada. En este contexto, ¿son eficaces, de cara a la normalización, los grupos de gays cristianos? Honestamente, de continuar con la presente tónica seguidista y sólo parcialmente “respondona”, estimo que no.
¿Qué tienen que hacer la iglesia católica y el conjunto de iglesias en la sociedad actual, en el tema LGBT y en otros? Callarse. Aquí dirán algunas que, claro, como su voz es profética, resultan incómodos… No. Serían proféticos si hablaran realmente en nombre de un dios del amor, la libertad, la tolerancia. Pero la imagen de divinidad que están dando se acerca más a los dioses que exigían sacrificios humanos que a aquel a quien Jesús de Nazaret llamaba Abbá, Padre.
La iglesia ha de refrenar su verborragia y mirarse a sí misma, a su propio interior, para poder decir en el futuro una palabra preñada de sentido. Los grupos de gays cristianos han de elegir con quién quieren estar: si con el freno, o con la vida. Y nosotros todos, los gays y lesbianas, hemos de entender (una vez más) que las concepciones metafísicas son cosa de la apreciación individual de cada miembro de la sociedad y rechazar, por tanto, toda afirmación dogmática. Porque es el ser humano, integrado en su mundo, la única fuente de la ética. De toda ética.
Que el amor reine entre los hombres. Y entre las mujeres. Así sea.

Esta es la que está cayendo: en una sociedad que evoluciona sensata y positivamente hacia la normalización de algo tan natural como la orientación sexual gay, la iglesia católica se erige en escollo, rémora y freno de este indubitable e imparable proceso. Digo “iglesia” y no “jerarquía”, porque semejante distinción pinta de todo punto artificial en esta organización piramidal: si existen pretendidas bases que piensan y actúan de otro modo (escoradas hacia lo gayfriendly), no tienen ni el eco ni los arrestos necesarios para que su voz se oiga o su gesto sea eficaz a fin de confeccionar algo distinto, esto es, para edificar y no frenar la construcción de una sociedad libre, igualitaria y fraterna, cimentada sobre bases fuertes, pensada con sabiduría y bellamente terminada. En este contexto, ¿son eficaces, de cara a la normalización, los grupos de gays cristianos? Honestamente, de continuar con la presente tónica seguidista y sólo parcialmente “respondona”, estimo que no.