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YO Y MR. BIG
por Dick Pig

Mucha manolitas y pocas nueces

La vida es un camino de sorpresas, a veces buenas, a veces malas, a veces hijoputadas y otras veces una deliciosa maravilla. Y es que, cuando te toca una de estas últimas, se te nota en la cara a la legua. Y es por ello, que os voy a ilustrar en un viejo arte ancestral, redescubierto por mi, y que me hace ahorrar en estos tiempos de crisis: las pajas. Aunque dicen que me sobra la pasta, esto que dicen en la tele tantas veces de la crisis acaba por asustarme a mi también. Así que después de revisar mis gastos, decidí que recortaría gastos. A lo que no podía renunciar (la ropa de marca, los buenos restaurantes, los perfumes caros, por ejemplo) no renuncié, y como debía reducir algo lo hice en el sexo. No más condones, no más lubricantes, no más llamadas de móvil para quedar, no más gastar luz conectándome al chat,  no más gastar gasota para ir a recoger al prime chulazo de turno que me iba a tirar, y todo esto es una pasta gansa que me iba ahorrar y de paso, paliaría un poco la dichosa crisis. Pero el primer fin de semana que decidí no salir de caza y quedarme en casa, el calentón fue de campeonato. Así que tuve que usar lo que más cerca tenía, es decir la mano.  Y para ponerme a tono, un par de wiskitos a palo seco, encender la tele, poner una película porno, una llamada a los teléfonos eróticos y una manolita buena y fresca (bona y fresca, como le gusta decir a un amigo mío catalán que también se pajea lo suyo). Total que la noche me salió más cara que si no hubiera decidido recortar los putos gastos. Luego, el fin de semana siguiente, todo volvió a la normalidad, excepto por una cosa, las pajas. Me había vuelto adicto a la nanotecnología más avanzada de nuestro tiempo. Así que salía de bares y discos, y cuando menos esperaban mis colegas me escabullía para pajearme en cualquier lado. En primer lugar fueron los lavabos, tanto en el de tios como en el de tías, luego la cabina del DJ, en el coche de camino a la disco, en el restaurante debajo de la mesa, en los ascensores (eso me costó una bronca con la mujer de la limpieza de algún hotel). Todo marchaba más o menos bien, hasta que descubrieron que lo hacía en los vasos de detrás de la barra de un conocido bar de Madrid. Me vetaron la entrada, incluso después de sobornar a los que pidieron un cubata y les tocó la leche merengada en lugar de hielo fresquito. Total que lo de las medidas para apaliar la jodida crisis me salió muy cara. Pero de los errores se aprende.  Ahora cuando se habla de crisis en la tele, lo que hago es gastar un poquito más, en vez de tres cubatas, me meto cuatro, por ejemplo. Quizás si todos hiciéramos lo mismo desaparecería ese fantasma que nadie sabe muy bien donde se esconde. Total, yo y mano somos buenos amigos, pero lo que no sabéis es que he visitado un guru cubano que me ha hechizado y ahora puedo desdoblarme mentalmente y follarme a mi mismo, ¿qué no te lo crees? Prueba a esnifarte los polvitos rojos y luego me dices bonita. Yo siempre dije que Lucas me quería a mi. Te lo juro por Snoopy.